dilluns, 20 d’octubre del 2014

Lo que debió ser y nunca fue

Laia desde pequeña había sido una niña muy estudiosa. Siempre obtenía las mejores calificaciones en todas las asignaturas, y jamás se permitía a sí misma suspender un examen. Desde que era niña, la gente ya predecía que tendría un futuro brillante y que nunca encontraría ningún impedimento para cursar cualquier cosa que se propusiese.
Cuando Laia llegó a la ESO, siguió manteniendo sus excelentes y sus notables, aunque ya empezase a desarrollar cierto interés por la música, los chicos y las fiestas que se organizaban por la noche, en las que, de vez en cuando, caía alguna que otra cerveza y donde fumar era algo curioso e interesante que todo adolescente debía siquiera probar.

Consiguió acabar el bachillerato humanístico social con matrícula de honor, y ya empezó a prepararse para lo que sería su gran aventura: la universidad.
Laia tenía clarísimo que quería estudiar filología clásica. Desde su paso por bachillerato, había desarrollado una inquietud enorme por conocer a los grandes escritores con los que se había deleitado horas y horas en cafeterías del centro de la ciudad, gran parte impulsado por sus profesoras de literatura en el instituto.

Todo era absolutamente perfecto. Laia estudiaba todas las mañanas y por las tardes simplemente quedaba con sus amigas y amigos para ir a ver exposiciones temporales sobre cultura en Barcelona, hecho que le ayudaba significativamente a su carrera. También consiguió la obtención de becas durante algún curso, hecho que le facilitó aún más las cosas en el momento de pagar sus estudios.

Finalmente Laia consiguió graduarse en filología clásica, y gracias a un Erasmus que realizó en su tercer año de carrera, hizo contactos en París, donde consiguió un puesto de trabajo temporal para cuando acabase sus estudios como estudiante en prácticas en un importante archivo de documentación histórica.

¿Idílico, verdad?

Salvo que Laia jamás logró elegir la carrera de sus sueños. Ese mismo año, el Gobierno Central decidió prescindir de aquellas carreras relacionadas con el mundo de las artes, filologías o la música, ya que "no las consideraba relevantes o equiparables a las carreras relacionadas con las ciencias" o porque "contaban con muy pocos alumnos".
Laia tuvo que matricularse en Derecho, hecho que no fue difícil gracias a su alta nota en la selectividad y su matrícula en bachillerato. 

La carrera de Derecho no desagradaba a Laia; aunque no le apasionase tanto como filología clásica, la encontraba ciertamente curiosa y importante con respecto a su futuro.

En su segundo año, el Gobierno Central decidió subir las tasas universitarias hasta un punto en el que no se había hecho jamás. También se empezaron a eliminar las becas que ayudaban mínimamente a los estudiantes Se suponía que era una universidad pública, ¿cómo iba a ser posible que Laia afrontase unos pagos tan altos?

La respuesta se encontraba en un trabajo como cajera a media jornada en el supermercado de su barrio. Compaginar el trabajo con los estudios cada vez era más complicado; había turnos en los que Laia debía quedarse a cubrir a algunas de sus compañeras o en los que debía hacer recuento de caja, haciendo que empezase a perder algunas clases en la universidad.

Laia intentó hablar con los profesores de aquellas asignaturas a las que estaba faltando a causa del trabajo. Algunos de ellos la aconsejaron y le proporcionaron todo tipo de ayuda para que pudiese aprobar la asignatura sin la necesidad de asistir a algunas clases. Pero no todos. Otros simplemente le soltaban un discurso de "cuando yo era joven" y la amenazaban con suspenderla si no asistía al cien por cien de las clases.

Las notas, desgraciadamente, empezaron a bajar. Laia no se rendía e iba avanzando los cursos como buenamente podía, aunque le quedasen asignaturas pendientes por falta de tiempo o de dinero. 

Hasta que llegó el punto en el que no pudo más.

La subida de las tasas año tras año, la acumulación de trabajo y la imposibilidad de estudiar por falta de tiempo "libre" acabaron con toda la poca motivación y esperanza que le quedaban. Así pues, decidió abandonar la universidad.

Laia jamás llegó a ser graduada en filología clásica. Ni en derecho, ni en medicina, ni en traducción, ni en publicidad, ni en sociología. 

Jamás llegó a viajar a París, ni a trabar en un archivo de documentación histórica. Ni a acudir a exposiciones culturales en Barcelona. Nunca llegó a cumplir su sueño.

Nunca llegó a ser lo que debía ser.



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